Libre y el 19%: la campaña contra empresarios para recuperar beligerancia política

Por NQC
Nos Queda Claro Somos un medio de comunicación, Imagen editorial de Nos Queda Claro sobre Libre y el 19%, con un empresario representado como blanco de una campaña política, resultados electorales de 2025 y mensajes de presión contra la empresa privada.

Un partido político que llegó al poder envuelto en la épica del “cambio”, con una votación histórica y una maquinaria discursiva montada sobre la palabra “refundación”, hoy intenta sobrevivir al peso de su propio desgaste. Libre pasó de celebrar el triunfo de Xiomara Castro, declarada presidenta electa en 2021 con 1,716,793 votos válidos, al pírrico 19.19% obtenido por Rixi Moncada en las elecciones generales de 2025. El aterrizaje fue tan brusco que hasta la propaganda necesitó casco.

La cifra no es menor. Según la declaratoria electoral publicada en La Gaceta, Rixi Ramona Moncada Godoy obtuvo 705,428 votos, equivalentes al 19.19%, quedando en un distante tercer lugar frente al Partido Nacional y el Partido Liberal. Para un partido que venía de gobernar, eso no es solo una derrota electoral. Es una pérdida de autoridad política, de narrativa y de capacidad para imponer conversación pública.

Y cuando un partido pierde votos, pero no quiere perder beligerancia, suele hacer lo que la vieja política sabe hacer mejor: buscar enemigos útiles.

De la “resistencia” al ataque contra la empresa privada

Libre no nació como un partido tradicional. Su propia página oficial reconoce que fue creado como brazo político del Frente Nacional de Resistencia Popular el 26 de junio de 2011. Es decir, antes de operar como estructura electoral, ya operaba como movimiento de confrontación política. Su identidad no se construyó alrededor de una propuesta económica clara, sino alrededor de una narrativa de lucha contra “élites”, “oligarquías”, “privatizaciones” y “grupos de poder”.

Ese origen explica mucho. Desde antes de convertirse formalmente en partido, varios de los actores que terminaron formando parte de Libre ya sostenían una relación conflictiva con la empresa privada. No necesariamente por diferencias técnicas sobre modelos de desarrollo, sino por una visión política que necesitaba convertir al empresario en símbolo de abuso, privilegio o enemigo del pueblo.

El libreto es conocido: si la economía no mejora, la culpa es de los empresarios. Si la inversión no llega, la culpa es de los empresarios. Si el gobierno fracasa, la culpa es de los empresarios. Si el partido cae al 19%, también habrá que encontrar un empresario a quien señalar. Porque asumir responsabilidades, al parecer, sigue sin ser tendencia en la izquierda hondureña.

Empresarios de renombre como blanco mediático

La táctica es simple: buscar empresarios conocidos, asociarlos con temas sensibles, presionarlos mediáticamente y usarlos como combustible para recuperar conversación pública. Lo que buscan con eso, ellos sabrán. Reposicionamiento, negociación, intimidación, distracción o simple revancha política. En todo caso, el patrón es el mismo: cuando no pueden levantar entusiasmo, levantan sospecha.

Durante la campaña de 2025, Rixi Moncada centró parte de su discurso en denunciar una supuesta concentración económica en “25 grupos económicos y 10 familias”, además de proponer la Ley de Justicia Tributaria, la regulación y cancelación de concesiones, y la llamada democratización de la economía. La UNAH recogió esas propuestas durante un conversatorio electoral.

Ese discurso no quedó en campaña. Sirvió como marco para seguir construyendo una narrativa donde la empresa privada no aparece como generadora de empleo, inversión o producción, sino como sospechosa permanente. Una narrativa cómoda para un partido que, tras gobernar, ya no puede culpar únicamente al pasado.

Campañas de odio como sustituto de propuesta

Atacar empresarios no resuelve los problemas de Honduras. No baja el costo de vida. No mejora hospitales. No genera empleo. No reconstruye carreteras. No devuelve la confianza perdida. Pero sí sirve para algo: mantener activa una base política que necesita un adversario permanente para no mirar hacia adentro.

La campaña contra la empresa privada funciona como una cortina emocional. Convierte el resentimiento en contenido. Convierte nombres empresariales en etiquetas. Convierte cualquier debate económico en una pelea moral entre “pueblo” y “ricos”. Qué conveniente. La política hondureña descubriendo otra vez que dividir es más fácil que administrar.

El problema para Libre es que ya gobernó. Ya tuvo presupuesto, ministros, instituciones, poder, discurso y aparato estatal. Después de eso, caer al 19.19% no puede explicarse solamente por conspiraciones externas. También debe explicarse por desencanto, promesas incumplidas, cansancio ciudadano y rechazo a una forma de hacer política que abusa del conflicto como si fuera plan de gobierno.

Honduras necesita inversión, no linchamiento político

La empresa privada hondureña no está por encima del escrutinio. Ningún empresario, político o funcionario debe estarlo. Pero una cosa es fiscalizar con datos y otra muy distinta es construir campañas de odio para presionar mediáticamente a personas o marcas de renombre.

La fiscalización seria se hace con documentos, instituciones y debido proceso. El linchamiento político se hace con consignas, insinuaciones y publicaciones diseñadas para dañar reputaciones. La diferencia es básica, aunque algunos finjan confusión porque les resulta rentable.

Honduras necesita inversión, empleo formal, producción nacional, seguridad jurídica y reglas claras. Ningún país sale adelante convirtiendo a quienes generan empleo en enemigos públicos. Tampoco sale adelante con partidos que, después de perder respaldo popular, intentan recuperar protagonismo a punta de resentimiento.

Libre pasó de una victoria histórica al 19.19%. Ese dato debería provocar reflexión interna. Pero en lugar de preguntarse por qué la gente se alejó, algunos prefieren buscar empresarios a quienes culpar.

Es más cómodo. También más irresponsable.

Y bastante revelador.

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